
Presurosa busqué en mi cartera la lima de uñas y bajo su anuente mirada, tomé su mano y limé una a una sus uñas, distrayéndome sólo para encontrarme detrás de sus pupilas.
Terminada la cuidadosa tarea, tomé de mi cartera -sí, mi eterna cartera - loción hidratante. La puse sobre sus manos masajeándolas amorosamente, procurando que mi fragancia favorita le diga mi nombre cuando recueste su mejilla en su mano o se rasque la nariz.
Lo miré fijamente de nuevo, y su sonrisa como una mueca, según entendí, me hizo una invitación adicional a la que gustosa accedí.
Y, sentada cómodamente a su lado, en el sofá, tomé su mano derecha, la acerqué a mi boca y besé la punta de cada uno de sus dedos. El ritual demandaba silencio y, sin excusarme, proseguí con la siguiente mano.
Aterrada ante la inminente conclusión de la tarea, me detuve antes de besar el último de sus dedos: el meñique.
Miré aquel dedo menor con ansias, pena y hambre; y lo metí en mi boca como si fuera un caramelo. Aquella inusual circunstancia nos presentó a dos nuevos protagonistas: su dedo y mi lengua, como dos amantes entregados al éxtasis, a la oscuridad, al calor y la humedad de una boca ávida de besos, como un lecho conquistado por cupido.
***
Desperté!
Tratando de repasar aquel maravilloso sueño, busqué primero la lima de uñas en mi cartera. Cuando la encontré sonreí, la apreté fuerte, cerré los ojos e imaginé el desenlace de aquel juego sensual... pensando en él.
***
Él, que un día entró y se sentó en el sofá más cómodo de mi mente y desde entonces no hace más que beber café con mis ideas, enamorándolas, dándoles dulce de leche en la boca...
Imagen: Girl on the Sofa - Stephen de Las Heras